• Jatsive Soto Romero

¿La historia tiene #Pride?

Este fin de semana tuvo lugar una vez más el #Pride, un evento internacional e intercultural en el que la comunidad LGBTTTIQ+ alza la voz para reclamar sus derechos, rememorar a las personas que han luchado por la causa y sobre todo para remarcar su existencia y recordar a la sociedad que tener preferencias sexuales y afectivas distintas a las marcadas por la norma heteropatriarcal y religiosa no es un "trastorno", ni mucho menos una "condición extraña": las personas de la comunidad existimos desde siempre y nuestra manera de vivir es tan válida como la de cualquier habitante del planeta.

En este marco, distintas marcas y empresas multinacionales hicieron presencia en redes sociales, figuras públicas e influencers utilizaron sus plataformas para dar visibilidad a las actividades que se llevaron a cabo vía remota debido a las condiciones socio-sanitarias, y algunas instituciones gubernamentales hicieron mención del suceso por distintas vías. Se llevó a cabo el #Pride a pesar de las condiciones y se hizo visible de manera virtual en más de un medio. Sin embargo, el hecho de que ahora la celebración no tuviera lugar en las calles, abrió paso a ciertas discusiones y reflexiones que, en la euforia regular del momento y la convivencia social durante La Marcha, pasan generalmente a segundo plano y, a veces, quedan olvidadas o enterradas en un cajón, debajo de todas las plumas de colores, los bailes y las manifestaciones humanas de alegría por la vida.

En este espacio, más que hablar de las condiciones actuales de la comunidad LGBTTIQ+, la discriminación que sufren y las condiciones en que viven, voy a hacer una reflexión personal desde mi disciplina académica: la historia del arte. Como humanista y artista escénica pocas veces he oído mencionar en foros académicos la existencia histórica de la comunidad antes de su gran aparición mediática durante la segunda mitad del siglo XX en los Estados Unidos. El día de ayer, sábado 27 de junio, vi en el Instagram de algún museo estatal un post, algo "camuflado" pero con la bandera del arcoíris en los bordes, acerca de un conversatorio en el que hablarían de "Los Contemporáneos"; un grupo de artistas y poetas mexicanos, que históricamente existieron en paralelo al movimiento muralista mexicano, pero que, como la mayoría de las expresiones artísticas de ese momento que no congeniaban con los tres grandes, no ha sido partícipe de la fortuna crítica y del sitio privilegiado en la historia del arte mexicano que ocupan estas pinturas murales.

En este post utilizaron un retrato en caballete de alguno de los miembros de este círculo intelectual y, junto con el #CulturaDiversa, parecia que esperaban que la imagen "hablara por sí misma". Sin más contexto, sin más explicaciones, solo anunciaron el conversatorio y pusieron los elementos visuales que permitieran identificar este espacio de diálogo y de aprendizaje como #LGBTfriendly. A partir de la manera en que manejaron la información y las imágenes me puse a pensar: yo como historiadora del arte mexicano, ¿qué he hecho para recuperar la identidad y la dignidad de estas personas que vivieron marginadas y que fueron discriminadas por los grandes artistas de su época? Es sabido que estas personas fueron relegadas por sus preferencias afectivas y que incluso su trabajo fue criticado y menospreciado por ser "de maricones".

Es más, Diego Rivera ridiculizó al grupo de "Los Contemporáneos" en uno de los muros que pintó en el edificio de la Secretaría de Educación: la justificación y la "crítica principal" es que eran unos burgueses a quienes no les interesaba hacer arte para las masas; pero en el análisis visual, podemos percatarnos que en el panel en que realizó esta representación (El que quiera comer, que trabaje, fresco, 1928) retrata a uno de los miembros del grupo con las uñas largas (indicando su "condición delicada") y arrastrándose en el piso, por otro lado retrata a su mecenas, la escritora, poetisa y dramaturga Antonieta Rivas Mercado, con barriendo con una escoba, ya que, al parecer, esa era una actividad más digna que la de apoyar las actividades artísticas y literarias de aquellos "artepuristas" que lo único en que pensaban era en servir al Capital como "chulos" de la burguesía; los calificativos de Rivera no paraban ahí, es más califico a este grupo artístico como "seudo (sic) plásticos y escribidores burguesillos que, diciendose poetas puros, no son en realidad sino puros maricones" (1).

Las palabras de Rivera están ya dichas, y su postura social es inamovible, básicamente, porque el señor está ya muerto y su obra está ya consagrada. Este es uno de los principales puntos a cuestionar. "Los Contemporáneos" importaron a nuestro país obras y estilos literarios desde los centros artísticos europeos que, en el futuro, resultaron relevantes en la formación artística e intelectual mexicana. Se preocuparon porque el arte dramático fuera accesible y entendible para el pueblo (¿estamos seguros que no tenían preocupaciones sociales?) y, de hecho, esta fue una de las razones por las que Antonieta Rivas Mercado perdiera paulatinamente su capital económico: invirtió más en proyectos artísticos y educativos públicos que en su propio "bienestar burgués".

Más allá de estos hechos, es importante preguntarnos: ¿por qué no hemos trabajado en la recuperación de la figura divergente de estas personas? ¿por qué, en el fondo, seguimos creyendo las palabras de Rivera? ¿por qué no ponemos en alto nuestro orgullo y posicionamos a los integrantes la comunidad en la historia mexicana como las personas íntegras que fueron, y no solo como "un(x) poeta por ahí" o "un(x) pintor(x) vanguardista de no sé donde"? O como en el caso de Frida Kahlo, mujer bisexual que tiene visibilidad, pero a la que se le recuerda como "promiscua", "dependiente" y mil adjetivos más, dejando de lado su trabajo artístico y haciendo un espectáculo irrespetuoso de su vida, sin tomar en cuenta nada más. Para no quedarnos cortxs de ejemplos, los pintores homosexuales Manuel Rodríguez Lozano y Abraham Ángel, cuyas pinturas no les piden nada a las más conocidas de esta época, pero que no se han hecho visibles, otra vez, por su historia "caótica y problemática" de vida.

Nuestra responsabilidad, como personas activas dentro de la euforia del #pride, no es solo recordar a las personas que existen ahora, sino cuestionar los discursos históricos del pasado y recuperar figuras como las de "Los Contemporáneos" o Frida, que fueron discriminadxs y exiliadxs de la historia del arte por no cumplir con el canon institucional heteropatriarcal de la época. Scrachar a Rivera y a sus semejantes no nos va a servir de mucho si no ponemos en duda y transformamos el discurso histórico que él, junto con las instituciones en que colaboró, ayudó a consolidar.


Disclaimer:

(1) En este texto tomé un solo caso de miles que existen no sólo en la historia del arte mexicano anterior a 1960, sino en la historia del arte en general. Tampoco hice mucho hincapié en la condición de las personas Transgénero, de las mujeres Lesbianas o de las personas Bisexuales que igualmente sufrieron discriminación en su tiempo, esto es por falta de tiempo, no de interés.

(2) Aunque mi lucha está más inclinada hacia las mujeres heterosexuales, bisexuales y lesbianas que han sido invisibilizadas en la historia escrita por hombres, creo que es importante comenzar con un caso más conocido para poder comenzar a poner en crisis las bases ideológicas de la historia que nos cuentan.

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Referencias

(1) Diego Rivera, "Arte puro: puros maricones", recuperado de Diego Rivera, Textos polémicos (1921-1949), Tomo II, El Colegio Nacional, México, 1999, p. 85.



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